Los superdotados son “súper normales”

Artículo realizado por Maria Rydkvist en Estocolmo a 19 de mayo de 2016

Hace ya algún tiempo que descubrí el análogo de la palabra “superdotado” en el lenguaje chino. Para denominar esta terminología se utiliza en China la palabra y denominación “Súper normal”. Desde que conocí de este significado, he estado reflexionando sobre la verdad que esconde una de las terminologías más certeras y bellas para poder delimitar y describir el verdadero significado de los individuos superdotados y de la superdotación. Los superdotados son ciertamente individuos “súper normales”.

Los individuos superdotados viven una vida normal pero con gran intensidad en sus emociones, y observan e interpretan el mundo con una alta sensibilidad. Viven desde la más temprana infancia en una especie de realidad paralela, que aunque siendo “súper normal” y llena de las emociones más humanas que se puedan concebir e imaginar, de las que muchas son temores, inseguridades e incertidumbres, parece que precisamente por este motivo “de la súper normalidad”, no terminan nunca de adecuarse a la manifestación y definición de normalidad que la sociedad exige como norma y como interpretación unificada de lo humano.

El individuo superdotado debido a la velocidad máxima de los marcadores y registros del potencial evocado denominado como P300, interpreta el mundo a través de los sentidos y de las emociones a una velocidad extrema de percepción y recepción de los impulsos y estímulos, tanto exógenos como endógenos, que en ocasiones le impide poder filtrar los mismos simultáneamente, creando multitud de sensaciones tan humanas y tan normales, a las que se ve sometido continuamente, y que alimentan su mundo emocional y cognitivo y los convierte por esta misma causística, en individuos “súper normales” llenos de gran humanidad y fragilidad.

El individuo superdotado se encuentra así “atrapado” en la exhacerbada “súper normalidad” de su organismo y de su ser, viviendo y sintiendo el mundo a través de un filtro de emotividad “súper normal”, del que no puede desatarse ni liberarse. Esta “súper normalidad” del superdotado, es su propio pecado original, su origen y su génesis, convirtiéndose al mismo tiempo, en su mayor defecto y en su mayor virtud.

A los diez meses de edad se produjo mi primera memoria en “súper normalidad humana” y de la que además de su nitidez visual, recuerdo aún su alto contenido y carga emocional. En la localidad de la que procedo, se produjo un terremoto, y siento y veo aún como si fuera ayer, el rostro de miedo de mi padre cogiéndome en brazos del sofá donde estaba sentada para ponerme a salvo. Recuerdo a la perfección su vestimenta, el olor de sus manos y hasta la expresión de su cara. Este recuerdo dejó la primera huella y memoria emocional en mi, y que aún puedo revivir como si se tratase de ayer. Me hizo “super normal”.

Desde los ojos de un bebé que ya observaba el mundo en una versión súper normalizada del mismo, pude sentir el miedo de mi padre y empatizarme con su propio dolor.

A los cuatro años de edad, fantaseaba con la idea de mi propia muerte y de mi propio entierro, entendiendo ambos como pasos naturales del propio ser humano. Este pensamiento continuado en relación a la muerte y a su significado ontológico, me inducía e invadía de gran paz de espíritu, ya que con esa edad dejé de temer a la muerte y la entendía como un paso orgánico en el propio ciclo vital. Para mi estos pensamientos eran “súper normales” desde los ojos de una niña que vivía el mundo desde la curiosidad de su propia fantasía e imaginación.

Por entonces había ya descubierto, que no se podía gustar a todo el mundo, y entre las opciones que barajaba para mi propio entierro, la que más me gustaba era la de imaginar que nadie asistiría al mismo, para así verme liberada de la dependencia del amor de otros y poder amarme a mí misma en mi propia imperfección. Imaginaba dos opciones para el momento de mi despedida del mundo, por una parte, la imagen un atáud abandonado a su destino en el suelo y en la más absoluta soledad, y por otra, la de cenizas humanas que flotaban con la brisa y desaparecían en el horizonte. Sabía ya que el mundo no me aceptaría y reconocería como normal, aunque me sentía más normal y llena de emoción que el resto de niños.

Este sentimiento tan íntimo y especial alrededor de la muerte y de la existencia del ser humano, eran cuestiones cotidianas y normales que se discutían en mi mente a tan temprana edad.

Los individuos superdotados observan el mundo desde una memoria emocional tan intensa que les sirve de soporte para la memoria cognitiva y para el desarrollo de la misma. Es esta “súper normalidad innata al superdotado” en lo volátil y emocional de lo humano, una de las verdades más emotivas que lo definen y perfilan, dotándolo así de los cuestionamientos y las pasiones más humanas y más normales, a las que el propio ser humano debe enfrentarse en su recorrido vital.

abstracto

 

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