El niño superdotado con sensibilidad a los alimentos

Artículo realizado por Maria Rydkvist en Estocolmo a 13 de octubre de 2016

Durante el 2015 realicé una traducción de un artículo que trataba el tema de la aversión alimenticia de los niños superdotados y algunas de sus causas. Os dejo el enlace para que podáis consultarlo (https://momtogifted.wordpress.com/2015/10/05/sensibilidad-y-aversion-alimenticia-y-los-ninos-superdotados/) En esta segunda tanda sobre este tema, deseo compartir las experiencias y ejemplos de mis hijos superdotados con los alimentos, para que pueda servir de ayuda y al mismo tiempo de referencia a otros padres que puedan encontrarse en una situación similar.

Los seres humanos y el niño estamos programados genéticamente de instintos que nos han ayudado a nuestra supervivencia a lo largo de la propia evolución. Para poder adentrarnos en el tema de la sensibilidad a los alimentos por parte de los niños superdotados, deseo hacer hincapié en que incluso estamos programados para rechazar o aceptar cierto tipos de sabores en la infancia, ya que las papilas gustativas y su percepción a los sabores de los distintos alimentos varían con la edad en base a una programación genética.

Por ejemplo, los bebés y niños están programados genéticamente para rechazar los sabores ácidos o fuertes, y a realizar casi el acto reflejo de expulsar el alimento de la boca que posea de este sabor. La explicación reside en que era un mecanismo de defensa para que el niño no digeriese arbustos o frutos venenosos que suelen saber más agrio y ácido y aumentar su supervivencia en el medio natural. De igual modo estamos programados para aceptar el sabor dulce, como es el caso de la leche materna que es sinónimo de alimento necesario para poder subsistir cuando estábamos desprotegidos y vivíamos en un medio hóstil.

Una vez entendido que el sabor está influenciado por los marcadores genéticos, y que estos varían al igual que la sensibilidad de las pupilas gustativas en la lengua con la participación del sentido del olfato para la aceptación de cada vez más alimentos, el niño superdotado presenta una sensibilidad a los alimentos programada e innata por su condición de ser humano, junto con aquella que es fruto de la sobreexcitabilidad sensorial (Dabrowski), en base a una elevada capacidad cognitiva que le hace reaccionar a los alimentos de manera atípica.

No se trata de manías o caprichos con los alimentos, sino de verdadera sensibilidad al alimento por su tipo de sabor, por su textura, por el olor que posee, y que ponen en marcha una serie de sensores relacionados con la sensibilidad a los estímulos, donde el alimento es una gran fuente de estímulos que ponen en funcionamiento los receptores bucales y olfativos. El bebé incluso utiliza en los primeros meses de vida la boca como sentido del tacto, debido a su falta de cordinación motriz para poder clasificar y sujetar objetos. Se introduce en su lugar los objetos en la boca, para que su cerebro se impregne de gran riqueza de información y realizar las primeras etapas de una memoria sensorial y táctil, a través de los objetos “que se sienten en la boca” y no en las manos, y poder comenzar a aprender a clasificarlos por su dureza, aspereza, consistencia, forma…etc. La boca es durante la primera etapa del bebé, un sustituto al sentido del tacto y complemento al uso de las manos.

Esta sensibilidad bucal excesiva o memoria selectiva de los alimentos, se da muy a menudo en los niños superdotados. No tratándose de la aversión alimenticia de los niños con autismo que rechazan alimentos porque carecen de las enzimas para procesarlos en sus sistemas gástricos y en base a una deficiencia de sus sistema de percepción a los estímulos, que en ocasiones le producen enfermedades o diversas sintomatologías. Se trata esto de la sensibilidad del superdotado a los alimentos, de un fenómeno diferentes a este que comento de los niños autistas y es importante conocer de la existencia de ambos para no confundirlos.

En mi caso, mi hijo mayor tenía muchas sensibilidades con los alimentos. Por ejemplo, hasta casi los tres años de edad, solamente podía tomar el yogur de fresa. No podía digerir ningún otro sabor. Además recuerdo de hacerle una tortilla y ponerle un poco de maíz y zanahoria rallada hacia los dos años, y gritar porque no podían tocarse los alimentos en el mismo plato al darle arcadas.

Recuerdo que tras muchas vueltas le compré un platito de plástico que estaba dividido en tres compartimentos y pensé, esto va a funcionar. Con lo que no contaba es que con su independencia ya comía solo y al pinchar la comida de los compartimentos en el mismo plato, se le caía en uno de los compartimentos y tenía que tirar toda la cena. Al final volví a ponerle tres platos diferentes, separados a una distancia considerable, para que él fuese pinchando de aquí y de allí sin mezclar nada.

En el caso de hacerse un bocadillo, solamente podía ser de mantequilla y no podía llevar ningún tipo de embutido o de queso dentro. Además debía ir en dos mitades huntadas con mantequilla que no podía juntar para hacer un bocadillo de verdad. Para poder hacer “un bocadillo combinado” debíamos de poner en un plato separado la loncha de jamón york y en el otro el pan abierto en dos mitades con la mantequilla. No se podían tocar entre ellos, porque según él olían diferente y le daba mucho asco.

Recuerdo que con el tema de las chucherías se comportaba igual y hasta casi los 6-7 años no le gustaban, y solamente podía masticar chicle, o comer gusanitos de bolsa, decía que le daba mucho asco sentir las cosas en la boca como las gominolas, o tocar los palitos de regaliz, porque estaban aceitosos y no lo soportaba. De hecho, tenía además mucha sensibilidad en las manos, y le daba repelús tocar el papel de los libros, y no soportaba tocar el papel de las hojas de los periódicos.

Con las pizzas le sucedía lo mismo, el olor junto con el ver el queso derretido mezclado y por encima de los otros ingredientes, le producía náuseas. Recuerdo muchos cumpleaños donde se servía pizza a los niños antes de sacar la tarta, y ver a mi hijo correr a esconderse al servicio porque no podía contenerse las arcadas. En casa de sus primos le pasaba lo mismo, y no podía entrar en el salón si alguien estaba comiento pizza. No fue sencillo como madre asistir incómoda y sin saber como excusar a tu hijo, de todas estas fiestas con otros padres y niños de su edad. No fue capaz de probar una pizza hasta los ocho años de edad.

Luego estaba y casi hasta hace un par de años, su sensibilidad por la cebolla en las comidas. Era desesperante porque aunque rallase la cebolla en distintas comidas para darles sabor, siempre encontraba alguna y se negaba a comer, o le parecía un sabor insoportable, y ha sido difícil conseguir que se comiera unos espaguettis con carne picada, cebolla y tomate.

Reconozco que según ha ido cumpliendo años estas sensibilidades se van reduciendo, y algunas van desapareciendo porque sus gustos se van ampliando, y porque también existe un proceso de socialización alrededor de la adolescencia que le obliga a comer lo que comen los amigos y a no destacar en negativo. Hoy con catorce años come casi de todo.

Mi hijo mediano está aún en ese proceso tan difícil para los padres, con grandes problemas con la comida por su superdotación profunda. Recuerdo que ya con dos años, una mañana rechazó el sabor de la leche y ya no pude nunca más hacer que se tomara un biberón. Os podéis imaginar mi proeza inventando sustitutos a la leche a través de yogures, que finalmente se convirtieron en natillas aunque tuviesen más azúcar. El tema de mezclar alimentos es muy complicado. Suelen gustarle los alimentos por separado, o como mucho dos sabores o alimentos juntos. Si come pasta, come literalmente pasta cocida y ketchup por encima. Hace un par de años, ha podido introducir el queso rallado y hasta un poco de orégano para decorar. Si toma arroz, debe ser blanco y como mucho hervido con una pastilla de avecrén en el cazo del agua para que le de algo de sabor.

En su caso, la idea del bocadillo es impensable y lo más rico que conoce es pan o baguette sin nada. Si que es cierto que por las mañanas puede tomar tostadas de pan de molde pero casi sin mantequilla, sino le da asco. En el caso de las futas rechaza  muchas de ellas, y su fruta casi única y favorita es la manzana, cuanto más ácida mejor. Las uvas también le gustan, pero poco más. Si que es cierto que el periodo de la leche y su rechazo, duró unos cuatro años, porque desde que tiene seis años si volvió a tomar leche con cola cao y le gustan los batidos de chocolate. Hoy tiene nueve años.

No soporta el olor de muchas comidas, y a veces, al sentarnos a comer, si hay algo que el sienta huele fuerte, lo tenemos que apartar porque le da mucho asco. Le gusta la sopa de fideos, y cuando va a España los boquerones. La patatas fritas solo si están crujientes, y comparte con su hermano el tema del queso derretido en las hamburguesas, el cual detesta.

Los yogures le gustaban pero ya no los quiere desde hace un año y medio, y le gustan las zanahorias pero crudas y enteras, y como no, deben estar fuera del plato o en un plato aparte.

El más pequeño no bebe leche tampoco, y bebe zumos, pero a este sí le gustan los yogures y presenta menos sensibilidad a los alimentos que sus hermanos. En su caso se ha tratado de una sobreexcitabilidad sensorial muy extrema en la piel del cuerpo. Pero de eso ya hablaré otro día.

Debemos darle espacio y tiempo a los niños superdotados y a su sensibilidad olfativa y sensorial a los alimentos, porque mejora con el tiempo, aunque este es un tema que añade gran estrés en la crianza de estos niños superdotados, además de los muchos otros problemas que conllevan como el de la escuela y el de la sensibilidad emocional.

Los superdotados se trata de niños muy intensos y que nos ponen a prueba como adultos y a nuestra capacidad para poder darles respuesta en el día a día, ya que necesitan de una crianza compleja y muy elaborada donde debemos esforzanos muchísimo por estar a su altura.

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