“El Gatopardo” del superdotado profundo

Artículo realizado por Maria Rydkvist a 30 de octubre de 2016

“Es necesario que todo cambie, para que todo siga igual”, esta paradoja expuesta en la novela “El Gatopardo” del escritor Giuseppe Timasi di Lampedusa (1896-1957) quedaba recogida en su formato original: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Cuando miro a mi alrededor, contemplo que todo ha cambiado, pero que todo sigue igual. El ser humano es innegociable con su naturaleza, y esta le domina en su cotidianidad.

Una persona a la que admiro y quiero muchísimo, afirma que no existe nada más democrático en la sociedad que el reparto del CI, ya que nunca se sabe cuál te va a tocar. Se aloja tanta razón en sus palabras, que será incluso por la existencia de esta “democracia real” y sin intervención del hombre y de su imperfección, por lo que finalmente se relaciona al CI y a la inteligencia con lo opuesto, con el elitismo. Aquí comienza una grieta más de este camino abrupto hacia el conocimiento desde dentro y al desnudo, del ser humano.

Estando esta tarde en una cafetería de un “chiqui park de bolas” (parque lúdico infantil), he sido testigo y me he visto expuesta, a una de las causas por las que el superdotado profundo se arrastra por la vida y por las que a veces pierde la batalla a la misma, y es que nada ha cambiado en el ser humano, y todo lo que se presencia sigue igual, y estos individuos superdotados profundos, no pueden aislarse ante una invasión enfermiza que se expande con sus tentáculos donde quiera que miren, la de la propia raza humana.

Al acercarme al mostrador para pedir algo de merendar, estaba delante mía en la cola una mujer de unos cuarenta años y con buen aspecto, que pasaba la tarde allí con sus hijos.

En el expositor de la cafetería había varias piezas de bollería, entre ellas unas bolas de chocolate típicas de aquí, y unas magdalenas de zanahoria que se venden en Suecia por todos sitios. Es cómo si hablamos de que tenemos delante unas palmeras de chocolate y unos donuts. Cualquier persona que ronde la cuarentena en España, sabe perfectamente lo que es una palmera de chocolate y un donut. Pues aquí igual, este tipo de bollería se venden en cualquier sitio de prensa, en las tiendas de las gasolineras, en las pastelerías, y hasta en el IKEA, por lo que es relativamente imposible que una persona de esa edad con hijos, y nacida y crecida en Suecia, desconozca de estos productos, como lo sería en el caso de España con el ejemplo de la palmera y el donut.

Todo el mundo conoce a qué sabe una palmera y a qué sabe un donut, y en caso de tener que elegir en una cafetería de un chiqui park entre una cosa y otra, creo que se entiende que la calidad en esos sitios no es la mejor del mundo, y que nuestra elección depende en realidad de lo que realmente nos apetezca tomar en ese momento, por lo menos así lo entiendo yo, pero una vez más me equivoco sobre la raza humana.

De repente, esta señora sueca le pregunta a la chica del mostrador, “oye, ¿cómo se llaman las bolas esas de ahí?” a lo que la dependienta le contesta “bolas de chocolate”, la mujer se queda pensando y le vuelve a decir, “¿y lo de al lado? qué son?” y la dependienta le comenta, “son magdalenas de zanahoria”, de nuevo esta persona mira a la dependienta y le vuelve a preguntar ” ¿y qué sabe mejor?” (pero refiriéndose a como si no supiese a qué saben en realidad, y que necesitase realmente de ayuda porque desconocía su sabor, al igual que hizo al preguntar innecesariamente qué era cada cosa, por desear ser “socialmente correcta” o cognitivamente inalterable). A esto que la dependienta le sonríe de vuelta (pero porque está conectando cognitiva y socialmente con la clienta, no por lo contrario) y le responde “que las magdalenas de zanahoria”, tras pensar bastante rato y mirando hacia el techo. Entonces la clienta le dice de nuevo, “pues ponme una magdalena de zanahoria”, y ambas se sonríen mutuamente.

Por el gesto, el tono, y el intercambio visual, se notaba que ambas personas estaban cómodas en esta conversación, y que estaban encontrando puntos de afinidad y hasta de aprendizaje en la sutilidad de los códigos que rigen la interacción social del no sobredotado. No parecían molestarse por la estupidez de lo que estaba sucediendo entre ellas en ese preciso instante, y parecían aliviadas de verse entendidas y acogidas en esa mediocridad tan desoladora, que venía aliñada de un conformismo absolutamente cegador, y al que ambas habían sido expuestas durante todo su transcurso vital, y que exigía de una parálisis permanente de todo marcador corporal en lo cognitivo por el valor del grupo y su inclusión. La dependienta era una joven de unos treinta años.

No podéis ni imaginar el infinito dolor que deja en el alma del superdotado profundo, el ser testigo pasivo de este tipo de situaciones e interacciones en la más supérflua de las superficialidades por parte de individuos de la raza humana, y que son las que componen muchas de las piezas del puzzle social al que deben adaptarse no ya solamente los adultos, si no también los niños y los jóvenes superdotados profundos y hasta en la escuela. Estas son las pautas, los tiempos de espera y los tipos de formatos, en las que se desarrolla la verdadera socialización del ser humano, donde el precio de la misma para un profundo, puede llegar en ocasiones a ser el de la propia vida, ante la exigencia de unos niveles de convivencia y cognición humana, que le rasgan todo sentido de pertenencia y de ganas de pertenecer.

Se trataba de una conversación y situación real, donde ambas personas estaban participando con verdadera intención e interés en la misma, y donde ninguna de ellas reparaba a percatarse de la absoluta estupidez que reinaba en la misma, y de las numerosas incapacidades que demostraban con la falta de fluidez de sus razonamientos. Se convertían así, en su propia paradoja, por lo obvio de su ingenuidad, en el “gatopardo” de su propia existencia.

Esta conversación es sólo un ejemplo de las miles y miles, a las que el superdotado profundo está expuesto a lo largo del día y de su vida en el medio junto a la raza humana, y que hacen que el absurdo, reine en ese vacío del gran precipicio que los separa y aleja de su propio reflejo humano. No se trata ya ni de no interactuar, se trata de sentir que se pierde el ánimo por completo, porque esto que comento, es el día a día del ser humano en abierto y en su verdadero yo, sin maquillajes, un mensaje que envía continuamente, pero del que no es receptor ni se percata, ya que para poder ser receptor de este atónito mensaje en lo absurdo, se debe de estar fuera de esta lógica sin lógica alguna, a la que llaman ser humano, y que finalmente todo lo mancha e inunda con su falta de razón.

Y así pasan los días, y los años, y el diálogo se hace imposible con esa especie que no reconoces, como el fluir de nuestros versos e ideas como superdotados profundos lo es hacia una pantalla de acero social, y que solamente entiende de la recepción en el mismo tipo de canal, la de una especie con la que es imposible relacionarse, cuanto menos enamorarse, o dedicarse a la crianza en común de los hijos.

Pero esta conversación no trata de comprar bollería, se trata del sentido de cualquier tipo de conversación, en cualquier tipo de ambiente, entre individuos de la raza humana y donde el abismo con y para con nosotros, sigue siendo real e infinito, se trata de unas exigencias en parálisis mental a las que debemos adaptarnos los profundos, para poder ser incluídos en un déficit colectivo de sentido común llamado sociedad, que es aquel que hace que todo cambie, pero que todo siga igual, es decir, sin sentido.

El dolor en el alma del superdotado profundo, no procede del número de desengaños de aquellos cercanos que le rodean. La crisis existencial y vital del superdotado profundo, se produce por todos estos matices y sutiles detalles, que suceden justo cuando nadie mira, y donde todo parece normal y fluye en lo cotidiano, se produce por culpa y entre aquellos que menos te conocen, pero que más te hieren, por la verdad con afilados colmillos que nos muestran en cada momento, en el que los individuos afines de la misma raza se encuentran y reconocen, y se aportan calor mutuamente.

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