Un relato acerca de la sobreexcitabilidad sensorial del superdotado

Artículo realizado por Maria Rydkvist en Estocolmo a 5 de noviembre de 2016

Hoy he decidido no intentar explicar la sobreexcitabildad sensorial del superdotado desde las teorías de Dabrowski o desde su análisis por los diversos autores, mi intención con este pasaje que os dejo a continuación, es poder transportaros a esa observación minuciosa, sensorial y emocional, que percibimos de nuestro entorno, y de la información que recopilamos del mismo, como superdotados. Es por ello, que os dejo mi emoción transcrita en puño y letra sobre un suceso sencillo y cotidiano, como es el de pasear en un día de otoño y la introspección que ello me evoca, y ver si de esa manera, soy capaz de catalizaros y transmitiros parte de ese proceso cognitivo-emocional, y el tipo de pensamientos, que experimentan y caracterizan al individuo altamente superdotado.

El otoño ha llegado a estas latitudes, y llevo semanas sobrecogiéndome cada vez que contemplo las hojas de los árboles moviéndose por el suelo y asfalto de las calles y carreteras. Me embelesa la mera presencia de este movimiento sutil del espacio y del paisaje, donde los elementos que componen la naturaleza en lo más elevado de su copa, descienden ahora a su nivel natural en esta estrenada estación, para llegar en este su nuevo ocaso, a descomponerse en su propio hacinamiento y efecto orgánico, del abrazo en lo extraño y amplio de un terreno que las recibe y entretiene.

El otoño aporta un nuevo movimiento a mi mundo de las ideas, sumiéndome en una especie de invernación en lo más intenso de mi yo cognitivo, y donde debo enfrentarme por esto de la naturaleza y de su influencia en mi emoción, a nuevas pautas de interposición de los pensamientos e ideas, donde aquello que parece certero se esfuma, en la propia incertidumbre de aquello que me rodea y se entiende como real.

Los detalles, los ángulos, la luz, los matices, el aroma y la degustación de los sentidos ante este acontecimiento de siempre anunciado, pero esperado con gran recogimiento, hacen que el paseo en la naturaleza se convierta en todo un espéctaculo para mis marcadores corporales, desplazándome a una atemporalidad exquisita que me embarga y purifica al unísono.

Dejo de depender de mi propia especie, al sentirme parte de un todo aún más infinito y eterno que aquel que se identifica en mi propia respiración, pero que se pervierte y desaparece en cada inhalación pectoral. Oigo mi respiración, y me da cónfort. De pronto, miro de nuevo al asfalto y este está cubierto de hojas tostadas y amarillas de igual forma geométrica, este tipo de detalles son tan admirables y nobles, el de la llegada de la afinidad y lo homogéneo, en lo aleatorio y heterogéneo del fenómeno caduco que aborda y extirpa de vida a todos estos árboles y arbustos, que han sido introducidos en lo fortuito de mi paso.

En frente mía observo a una anciana que se desplaza por la calle con un par de botines negros. De repente, siento que se me eriza el vello y mi pulso se acelera, ya que ocurre otro bello milagro que aún no había delimitado en los breves días de uso y pertenencia en esta nueva e inaugurada estación. Pues sus pasos, levantan a la altura de los talones tras de sí, hojas sueltas y por separado, de proporciones grandes y simétricas, haciéndolo una a una, despacio y en silencio, ya que las hojas aún están húmedas de la escarcha de esa mañana. Pienso que eso es lo que les permite durante algunas horas volverse imperceptibles en lo auditivo. Puelo olerlas casi por su color, sintiendo cómo existe una especie de destilación diferente que las impregna, dependiendo del matiz otoñal con el que hayan sido bautizadas en su propio proceso de descenso y caída a los infiernos.

Mirando el paso y el avance no solo de la estación, sino de la anciana que la delimita y le da sentido, me sacude desde dentro al igual que el árbol hace con las hojas desde la copa, el arrastrar y presentimiento de mi propio paso junto a esa sombra tan definida de color tostado, que se van cerrando en espiral cerrada a cada paso desplazado, pasos los cuales, jamás regresarán.

Hoy lloré de emoción, sucedió de nuevo en lo más recóndido de aquello que se espera predecible en el propio paisaje y horizonte. Un nuevo oasis de sentimiento se inserta en mi ser, ya que al volver la esquina en un camino frente a un lago que comenzaba a helarse bajo el frío, oigo su cascar y rugido, y me encuentro y mimetizo con una catarata de agua y de espuma, que se desplaza en su destino a un medio aquoso de nuevas y desconocidas dimensiones.

Me pregunto sobre cómo será ese instante donde se rozan y mezclan ambas aguas, lo siento en ese instante en el pecho, su unión, su fusión, y me emociono nuevamente. Me ensimismo mirando las piedras que sujetaban el líquido a su paso, en esa perpendicular e inagotable fuente de vida, que le permiten por ello de la creación de su espuma y peculiar cola de tul, perdiéndome así en esa profundidad de lo que observo, que me agota, me embarga, pero al mismo tiempo me eleva fuera de lo físico.

La belleza se aloja en lo más mundano e imperceptible, entonces no existe el tiempo, este se pierde, y así sus tentáculos, ese rincón de emoción no me lo proporciona el agua, ni las lágrimas que de mi rostro descienden en ese momento, se que es mi superdotación la que realmente dota de inmersión a mis ideas y esporas, que sienten y se mueven entre aquello que observan, un ser inerte y líquido, que aparece más humano y vivo, que la propia humanidad. El sentir desde lo más profundo, que aquello que nos describe como especie, ha descendido en nuestros tiempos desde lo alto de la copa de lo humano, hasta llegar al suelo y submundo, esa pérdida de su vuelo y esplendor, me devasta, me rompe, no siendo así con la contemplación del agua bella y cristalina, esa que se escurre entre las piedras, inocente, pero intensa, no así el hombre.

¿Cómo puede ser que mi conexión con la naturaleza y con los detalles que la misma eclosiona ante mis sentidos, se vuelvan más humanos y eternos, que la conexión con aquellos ante los cuáles debo reconocerme? El fluir del agua, el fluir de mis lágrimas, y el dolor de ese pecado original del hombre que al mismo tiempo le acompaña y le limita, en una libertad natural que el líquido posee, pero de la que el hombre es preso.

Llevo un tiempo pensando en esto de la sensibilidad de ver y sentir, y de ser testigo de la ceguera e insensibilidad del hombre, y de la responsabilidad que conlleva sentir con un lado del corazón que parece no estar presente en mis iguales. Un ventrículo extra y palpitante, pero al mismo tiempo recóndito. Sigo caminando.

Mirando al cielo vuelan en formación cuatro gansos, siempre tres en simetría perfecta y un último tras la bandada, intento contar el número de aleteos y calculo dos por segundo, es bello el despliegue de un movimiento tan armónico que me eleva a esa altura, con la sola idea de poder sentir esa sensación de infinito que interpreto de las siluetas de las aves cruzando el firmamento, y del sabor que su propia intriga aporta a mi propia curiosidad y encrucijada personal. Miro unas ramas y cuento rápidamente el número de hojas que aún cultivan en su lecho. 38, pienso en un instante. De nuevo paro a deleitarme. Me molesta el ruido de los neumáticos de varios coches que pasan por la carretera, nunca puedo dejar de oírlos, siento que hoy estoy más despierta en los sentidos que otros días, y no puedo dejar de pensar en que no puedo dejar de oírlo todo. Todo tiene su sonido, su ruido y estruendo. Una hoja cruje por detrás mía y mi cuerpo se estremece.

En la copa de ese árbol de fuertes entradas y calvicie marcada, tras la pérdida de sus más bellas hojas, observo como aquellas que aún cuelgan del péndulo de algunas ramas, se encuentran carcomidas y agujereadas, presentando pequeños orificios que las atraviesan y tatúan, aportándoles de una belleza única e irrepetible. Al inclinar mi cuello hacia atrás, sucede de nuevo, mis pupilas se tensan y enfocan en parte inundadas e influenciadas por mi propia peculiaridad cognitiva, y me ayudan desde gran distancia a ver cómo la luz atraviesa estos pequeños y casi minúsculos e imperceptibles orificios, aún en las hojas que permanecen inertes en las ramas más elevadas del árbol, a muchos metros de distancia de la complicada superficie, y me pregunto si realmente alguien ha visto en alguna ocasión este espectáculo de sabia que muere por la falta de su propia circulación, junto a la fúnebre delicadeza del mensaje de despedida y de hermosura, ante aquello que desaparece y se extingue en origen y orgánica, por eso del líquido que ya no recibe, pero del que necesitan sus venas. Me siento exhultante.

De nuevo las lágrimas y el vello encogido, se que no puedo dar ni transmitir mi emoción a esa madre que pasea con sus dos hijos y que me saluda al cruzarnos en el camino, los orificios atómicos de lo inerte en vida, es el resúmen de esa escena que acabo de presenciar, ella desconoce el billete de entrada y butaca en la audiencia. Siento sensación de soledad e incomprensión.

La superdotación se convierte y aparece en mi ser como un don divino, un dios que me hace inclinarme en su saludo y bienvenida, ante la existencia de esos instantes inertes que no se desmenuzan en la mente del otro, pero que sí se cobijan en la mía, entre siluetas y emociones de dimensiones amorfas, extraordinarias, vívidas e intercambiables, en un trasvaso en paralelo de aquello que me define pero me despiada, en lo humano e impotente de mi pertenencia e identidad al ser vivo.

Con solo imaginarlo, puedo ver y estremecerme eternamente en esta mi emoción, con la imagen grabada para siempre en mi memoria más límbica, de ese desfile de hojas doradas y homogéneas, de talla simétrica, que caen cual fichas de dominó al paso de los talones de una anciana, la cual no necesita de nuevas estaciones, al estar siendo devorada por el paso y devenir de las mismas, como los orificios de las hojas de ese árbol seco y caduco, y siento, evoco y rememoro, que aquello que no atraviesa el corazón del hombre común, es lo que reduce el mío a astillas y al mismo tiempo le da sabor. La superdotación se converte en una sabia que aviva e inunda mi torso y mi materia, definiéndola. Queda poco para volver a casa.

hojita felix

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