Acerca de la lectura precoz del niño altamente superdotado

Artículo realizado por Maria Rydkvist en Estocolmo a 29 de enero de 2017

Con siete años estando en segundo de primaria, me castigó la profesora. Me puso de pie en una de las esquinas de la clase que estaba al lado de la puerta de entrada, y me dijo que me quedara ahí sujetando el libro de lectura.Me castigó porque estaba hablando con una de las niñas de mi clase, con la que estaba sentada en un grupo de seis, mientras estábamos en la hora de lectura en voz alta. Estuve de pie más de una hora, hasta que llegó el momento de salir al recreo.

Durante la lectura en voz alta en clase, cada niña tenía que leer unas líneas de un libro, cosa que hacíamos a diario, ya que así nos entrenaban en la lectura, y finalmente, aprendíamos a leer. Recuerdo que ese libro de segundo se llamaba “Arco Iris”. Yo odiaba esas clases en las que leíamos por turnos del libro de texto, porque sabía leer y sobre todo porque entendía ya muchas cosas, pero lo que no entendía, era el por qué muchas de mis compañeras de clase aún se atrancaban al leer, y todavía tartamudeaban al decir las palabras.

El tener que esperar a que llegase mi turno, me ponía muy nerviosa, ya que la espera se hacía interminable y tediosa. Esto no siempre fue así, al principio, yo quería demostrar que sabía leer y me enorgullecía de mostrárselo a la profesora cuando por fin llegaba mi turno. Pero recuerdo, que tras un breve comentario por su parte que indicaba que lo estaba haciendo muy bien, el tiempo de clase y todas las demás indicaciones de la maestra, se concentraban nuevamente en las otras 30 niñas de la clase que aún no sabían leer bien, y que tenían que seguir aprendiendo a leer. De ahí que empecé a odiar el tiempo de lectura en clase, porque me aburría muchísimo.

La profesora me veía como a cualquier niña de esa edad, y creía que su comentario al decirme que leía bien, calmaría en mí y por todo el día, las enormes ganas de aprender cosas que tenía, y la velocidad con la que aprendía en todo momento. Era una niña muy despierta y necesitaba alimentarme de saber, pero al ver cómo funcionaban las cosas realmente en el colegio, al llegar a segundo de primaria, ya no sentía la misma pasión que antes por mostrarme a la clase y a la maestra, y la lectura en voz alta que en primero tanto me gustaba, se había convertido en un absoluto martirio. Es por ello que decidí tomar cartas en el asunto.

Recuerdo, que una de las niñas que se sentaban en mi grupo, era de las que leían aún bastante mal. Le costaba mucho pronunciar las palabras, y yo sabía que se despistaba y que se perdía en la lectura fácilmente, y que también “le resultaba sencillo perderse hablando” con las compañeras. Aunque sentadas en el mismo grupo, no solía hablar con ella a menudo, pero en la hora de lectura, ahí sí me apetecía de su compañía, ya que su distracción y nerviosismo eran presa fácil para poder encontrar escape a mi enorme aburrimiento e incluso, hasta sensación de soledad. Hablar con esta compañera mientras las otras niñas leían, distraía a la profesora y a las otras compañeras que en ese momento leían. Ese era el reto que me había fijado, charlar y molestar en clase, para que tanto la profesora cómo el resto de niñas, perdiesen el hilo al tener que llamarnos la atención. Así por lo menos, se creaba algo de tensión, y el ambiente se crispaba y todo se volvía más emocionante, aunque yo terminaba de pie en una esquina.

Recuerdo que con cuatro años, “leía” todo lo que veía a mi alrededor y que “urgase” en mi curiosidad. Se trataba de una especie de proceso lector que se producía de una manera instintiva.

Una de las palabras que me fascinaban, era leer una y otra vez la marca del lápiz que usábamos en el colegio para dibujar. Se llamaba “Staedler” y fue la primera palabra larga que aprendí a leer sola, incluso antes de cumplir los cuatro años. Me llamaba la atención que se pudiera escribir una palabra así en un lápiz, que sonaba a desconocida, y que era una palabra “extranjera”, y me preguntaba ya, si ese era el nombre de un señor que tenía una fábrica de lápices.

Me imaginaba a “Staedler” mirando la línea de montaje en su fábrica, viendo todos esos lápices salir en línea uno detrás del otro con sus listones brillantes de color amarillo y negro que me resultaban tan bonitos…¡Millones de lápices sin parar!

Podía pasar largo rato recorriendo con mi mente “la fábrica de Staedler”, viendo cómo todos esos lápices, viajaban en mi cabeza y esa palabra finalmente se leía sola. “Staedler”

La lectura no se trataba de poder juntar las letras, para mí era un reto diferente, quería encontrar el significado de las palabras con las que me cruzaba y que me llamaban la atención, precisamente porque eran distintas a lo que había visto hasta ese momento, y no al contrario. Recuerdo odiar las palabras como”papá” y “mamá” en infantil. Eran aburridísimas, y sabía “quién” escondían tras sus letras. Sabía que las aprendíamos porque eran sencillas de pronunciar, y eso era precisamente lo que no me gustaba, pero lo que quería la profesora, a la cual ya cuestionaba, ya que yo quería palabras con otra exquisitez, como ” el Sr. Staedler”

Cuanto más difícil se volvía el significado de la palabra, más me esforzaba yo por “leerla”, y verla, y memorizarla en mi mente, para poder así imaginarme su sentido. Porque con cuatro años, no solamente aprendía a leer sola, sino que me resforzaba en conocer el significado real más allá, que las propias palabras escondían.

Había que encontrar lo que las palabras realmente decían, más allá de las letras. “Yo sabía” que Staedler tenía dinero, y que poseía una fábrica, y que seguramente muchos otros niños del mundo usaban sus lápices, y que en su fábrica trabajaban muchas personas, y sabía que eso era una gran proeza, y me producía admiración, me sentía orgullosa de Staedler. Sentía el significado más allá que la propia palabra escondía.

Staedler no era solamente una palabra, era todo un concepto concatenado de hechos y de asociaciones abstractas, que aportaban sentido a un pensamiento razonado y elaborado de manera propia y precoz, para tan temprana edad.

El “señor Staedler” parecía ser alguien “realmente intrigante”, y lo imaginaba con un abrigo largo y hasta con bastón en su fábrica de lápices. Aún recuerdo la impresión que esa palabra que sujetaba a diario con mis manos causaba en mi, no solamente su lectura, sino su significado, y cómo el aroma que sus lápices despedían al sacarles punta, seguramente olerían igual que el abrigo de Staedler, a baúl de madera.

Otra palabra que recuerdo haber leído a los cuatro años, era una que estaba escrita en la pizarra de las niñas de la clase de segundo de primaria, y que ví de pasada por el pasillo estando yo aún en parvulario, en segundo de infantil. Mi desarrollo lector autodidacta, se trataba de un reto silencioso, de unas palabras que tenían una belleza diferente por su complejidad o sentido, y que sentía como algo mío cuando se cruzaban en mi camino. Son de esas de las que aún me acuerdo, de las propias.

Recuerdo que en esta ocasión, alguien había dejado sin borrar la palabra “esdrújula” en la pizarra. Me pareció una palabra llena de misterio, estaba allí, sola y escrita en medio de la pizarra verde, su forma, así como su sonido en mi mente al leerla, eran algo singular, diferente. Recuerdo con mucha alegría, el día que estando en segundo de primaria, finalmente la profesora nos explicó su significado y entendí por fín lo que realmente era una palabra esdrújula, lo más fascinante de todo, es que la propia palabra lo era, ahí erradicaba su misterio de aquel día, el jeroglífico se resolvía.

En la calle cerca de casa, había un cartel luminoso en color naranja de un bar que se llamaba “Los almendros”. Al igual que me sucedía con el “Sr. Staedler”, mi mente imaginaba qué podía significar esa palabra, “almendros”, yo sabía que se trataba de árboles, pero no sabía aún qué aspecto tenían, tenía igualmente cuatro años.

Cada día que pasaba por allí miraba la palabra “almendros” escrita en grandes letras y sabía que tenía que descifrarla. En una serie de dibujos japoneses que echaban en televisión en esa época y que se llamaba “Candy Candy”, había visto unos árboles preciosos de color rosa que se doblaban al viento al mismo tiempo que perdían sus pétalos y hojas, y que yo pensaba debían de tratarse de almendros, por lo menos parecían almendros. Recuerdo un viaje en coche con esa edad de camino al pueblo, y ver unos preciosos árboles llenos de flores rosas y blancas en la carretera. Le pregunté a mi padre qué árboles eran, y me dijo que eran almendros. Recuerdo aún esa sensación de descubrimiento autodidacta y el vuelco en el corazón, era una sensación empoderadora, donde yo ya experimentaba un rico mundo interior al leer y entender cosas, que no compartía con mis padres, porque de todos modos, no me entenderían, o con mis hermanas mayores, ya que se reirían de mí, porque al ser la más pequeña, mi voto contaba poco o nada, aunque yo ya supiese, que sabía más que ellas, y eso que me sacaban varios años.

Con cinco años le dije a mi madre mientras limpiaba el pescado en la cocina, y yo la observaba meticulosamente a cada paso, que quería ser “cirujana”. Mi madre se rió de mí, y me dijo que no sabía de lo que hablaba. Por eso mismo, leía cosas en mi mente, sin que mis padres lo supiesen. En esta ocasión yo sabía perfectamente el significado de la palabra “cirujana”, simplemente lo entendí sin que me lo explicara nadie, estaba grabado ahí en mi cabeza, y apareció espontáneamente. Mi madre se sorprendió mucho con mi comentario, y no entendía, que yo sí entendía lo que estaba diciendo, y que mi curiosidad por ver cómo eran las cosas por dentro y por cómo funcionaban realmente (en este caso, las vísceras del pescado o del pollo que yo adoraba sujetar con mis manos y “estudiar” al detalle), pues que eran algo intrínseco a mí, y que aún hoy esa sensación de búsqueda es la que me ayuda a descifrar todo lo que aprendo.

La lectura a los cuatro y cinco años en el superdotado profundo, se desarrolla en un plano muy diferente al del resto de niños, es un proceso experimental, fenomenológico, donde la necesidad que desarrollan no es la de leer, sino que la lectura se produce de manera incluso autodidacta, por la gran necesidad de sentido que buscan los niños superdotados profundos en las cosas que les rodean, cómo puede ser en palabras que llamen la atención a sus ganas de saber.

Con estos niños, el proceso se invierte, ya que es la necesidad de significado la que los arrastra a leer o comprender las palabras. En mi caso, jamás recibí estimulación alguna por parte de mis padres, al contrario. Las palabras me buscaban a mí, y al “intentar resolverlas”, es cuando aprendía su significado de verdad, y a leerlas. El niño altamente superdotado “descifra” el significado de las cosas, y no solamente lee.

Incluso aún sin saber leer, el conocer el sentido real, de palabras complicadas como el caso de la palabra “cirujano” y a tan temprana edad, se trata ya de un proceso de lectura avanzada, y que es el paso siguiente a la misma, es decir, estamos ante lectura comprensiva.

En los niños altamente superdotados esta comprensión innata se da incluso antes de leer la palabra en sí. Existen niños que leen a los cuatro y cinco años, pero que no son capaces de razonar el sentido de las palabras que leen u observan, esto es lo que normalmente le sucede al principio, a la mayoría de niños que aprenden a leer en edad escolar.

Los niños altamente superdotados, independientemente de que lean o no a esas edades, entienden lo que las cosas significan sin necesidad de leer su significado por escrito, a veces “lo leen en su mente” y han descifrado mentalmente el sentido de las mismas desde hace tiempo.

En el niño altamente superdotado, es la propia necesidad de comprensión del mundo, la que lo lleva a buscarse en ciertas palabras o situaciones singulares, para dar significado a un razonamiento lógico-abstracto que se presenta de manera temprana, muy elaborado e innato en estos niños.

“La lectura real” con o sin capacidad lectora del altamente superdotado, se produce porque estos niños son capaces de realizar interesantes conexiones “holísticas” con poca o escasa información del entorno desde muy pequeños, mirando y “leyendo” dónde no leen otros, para darle sentido a las palabras o situaciones que observan, ya que diseccionan mentalmente y al milímetro, el significado de las cosas, gracias al afilado bisturí de su inteligencia.

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Un pensamiento en “Acerca de la lectura precoz del niño altamente superdotado

  1. A mí me pasó algo así.Aprendí a leer bastante antes de los cuatro años y aun hoy, siento que las palabras, los sentidos ocultos tras ellas, me buscan, me siento irresistiblemente atraída por ellas, incluso en lenguas que no entiendo.

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